
El dolor por la pérdida de un ser querido constituye una experiencia personal y única que cada persona vive a su manera, aunque se produzcan reacciones comunes y sea, en todo caso, una experiencia global, que afecta a la persona en su totalidad: en sus aspectos físicos, psicológicos, emotivos, sociales y espirituales. El proceso de elaboración de dicha pérdida reclama una particular atención a la persona, para que sea vivido responsablemente, en clave de prevención de situaciones patológicas, en apertura a la ayuda que podemos prestar unos a otros con un adecuado acompañamiento, abiertos siempre al bien que la Gracia produce en nuestros corazones, si dejamos que esta se derrame abundantemente (Rm 5, 5).
Nuestra fe nos recuerda que, “si el espíritu de aquel que resucitó de los muertos a Jesús mora en nosotros, el que resucitó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también nuestros cuerpos mortales por su espíritu que nos habita” (Rm 8, 11)
Poniendo nuestra mirada en Jesús, lo sentiremos cerca, viéndole llorar por la muerte de su amigo Lázaro, reaccionando humanamente en el Huerto de los Olivos preparando su duelo anticipado, dejándose ayudar en el camino del Calvario por el Cirineo. Pero también, viendo a los discípulos, sentir con ellos el dolor del duelo, camino de Emaús (Lc 24, 13-35). Y, al acudir al sepulcro, con las mujeres en la mañana del domingo (Mt 28), advertir que la muerte no mata la esperanza.

Nos unimos como comunidad parroquial de San Félix en la oración con quienes se encuentran en el duro trance de remediar los desgarros del corazón, producidos por la pérdida de un ser querido. Estamos con los padres, madres, hermanos y abuelos de quienes fallecen en edad temprana. Miramos a María, Salud de los enfermos y consuelo de los afligidos y, viéndola junto a la cruz, hacemos una llamada a la solidaridad espiritual. Jamás podrá apagarse la llama del amor, aunque asomen las lágrimas en nuestros ojos, porque el amor es eterno. Dios es amor (1 Jn 4, 8).